Todos los nombres de las personas, clínicas o doctores utilizados en las cartas abiertas,
Carta a asproin desde el corazón
La lucha contra la infertilidad: «Pasé por siete inseminaciones, cinco FIV y seis
transferencias, pero 13 años después me quedé embarazada»
Nunca desistió, sabía que tarde o temprano lo conseguiría, pero el camino no fue fácil.
«Perdí muchas batallas, pero gané la guerra», dice la española con más seguidores en
Su batalla por ser madre comenzó con apenas 18 años. Sí, era muy joven, solo llevaba
seis meses saliendo con X(entonces tenía 23), y un mes viviendo juntos, pero cuando
descubrió que tenía alergia al látex, decidieron que no tomarían medidas y que el bebé
llegara cuando quisiera. Lo que no sabía ella es que pasarían 13 años hasta ver
cumplido su sueño. Al cabo de un año, al comprobar que no se quedaba embarazada,
empezaron a mosquearse y decidieron consultarlo. No tenían ninguna prisa, pero el
deseo de ser madre cada vez era más grande. «Salimos supertranquilos, porque nos
dijo que nos preocupáramos, que éramos muy jóvenes», confiesa ella. Pasaron otros
dos años y seguían en el mismo punto, así que optaron por ir a una nueva doctora, que
les pidió unas pruebas a ambos. Cuando llegaron los resultados, vieron que era apta
para que la derivaran a reproducción asistida, y tras una lista de espera de seis meses,
recibió la deseada llamada. Pensaban que pronto comenzarían el tratamiento, ni por
un instante se imaginaban lo que estaba por venir.
«El médico me dijo que para empezar el tratamiento necesitaba pesar 50 kilos, y yo
pesaba 47, sin embargo, esto no me lo comentó en la primera consulta cuando me
pidió la analítica y demás», cuenta, que ha decidido contar su lucha contra la
infertilidad en Diario de una guerrera, un libro «que no habría escrito, si la historia no
hubiera tenido un final feliz». Así que logró ganar esos tres kilos que la separaban de
poder comenzar, de una vez, el proceso para ser madre, regresó a la consulta, le
dijeron que todo «estaba perfecto», pero coincidía con la Semana Santa y le indicaron
que tenían que esperar un mes más. Otro batacazo. Ni de lejos podía intuir que en la
tercera visita el mismo médico que le había dicho que necesitaba tres kilos más, le iba
a decir que tenía que pesar 56, es decir, otros seis más, para iniciar el tratamiento.
«Nosotros no teníamos medios para ir a la sanidad privada, porque el tratamiento es
muy costoso, pero hicimos de tripas corazón, conseguimos ahorrar ese dinerito»,
explica, a la que el nuevo ginecólogo, al que acudió para tener una segunda opinión, le
dijo que estaba perfecta. Se informó de lo que costaba una inseminación artificial y
decidieron probar suerte. También optaron por contárselo a su familia, ya que hasta
entonces habían llevado su lucha en la más estricta intimidad. Ella jamás se había
atrevido a hablar del tema, incluso había apostado con su hermana quedarse
embarazadas a la vez, al mes siguiente, a sabiendas de que ella llevaba años
intentándolo sin éxito, solo para no levantar sospechas. «Cuando me preguntaban:
‘¿Para cuándo la niña?’, yo les decía: ‘Más adelante, somos muy jóvenes , hay que
disfrutar’. Esos comentarios eran nuestro pan de cada día. Hoy por hoy, sí que les
contestaría, pero entonces solo me salía decir que éramos muy jóvenes».
El tratamiento por la privada no funcionó, y no le quedó más «remedio que coger el
peso» y volver a la Seguridad Social. «Tardé un año y ocho meses en conseguirlo, me
hablaron de un jarabe para abrir el apetito, y me lo tomaba como si fuera caramelo.
No llevaba el control que tenía que llevar, me tomaba como un bote a la semana, pero
engordé los seis kilos», explica esta andaluza, que tiene claro que en su primera etapa
en la sanidad pública no la trataron como debieran por su edad. «Llega una chica de
20, y tienen una lista de espera con personas de 30-35 años, puedo llegar a entender
que piensen que hay otros perfiles más prioritarios, pero no nos mareéis y excuséis
con el tema del peso».
Le dieron opciones de quedarse embarazada con la inseminación. Si después de seis
intentos no funcionaba, pasaría a la lista de espera de fecundación in vitro. «Al cuarto
yo ya estaba cansada, sabía que no iba a funcionar. Pedí que me cancelaran las dos
que me quedaban, y que me pasaran directamente a la lista de espera de FIV, que era
de dos años, pero me dijeron que no era posible, que tenía que agotarlas. Estuve un
año hormonándome, fue duro, y nada». Pasaron dos años esperando una llamada, a la
vez que intentaban ahorrar para hacerlo por la privada, pero no fue posible. Además,
lo seguían intentando de manera natural de forma «obsesiva». «Buscábamos las
50.800 posturas que veía en internet, mirando el calendario, evitando los días previos
a la ovulación para no interferir, cambiamos nuestra alimentación, dejamos de fumar…
Lo probamos todo».
DIEZ AÑOS DE ESPERA
Habían pasado diez años desde que decidieron aumentar la familia, sin embargo, la
buena nueva no llegaba y no había un porqué. «Me ponían que tenía infertilidad
desconocida, nos decían que los dos estábamos bien, pero yo sabía que algo tenía que
haber», indica Julia, que se agarraba a sus ganas de ser madre y estaba dispuesta a
luchar contra viento y marea para conseguirlo. «Nunca tiré la toalla, sabía que la
infertilidad no iba a poder conmigo, y que tarde o temprano iba a llegar». Y lo que
llegó fue la ansiada carta con la cita para iniciar el proceso de FIV. «En el primer y
segundo tratamiento no fecundó ningún embrión, y en el tercero, cinco. El día de la
tercera extracción me enteré de que tanto en el primer tratamiento como en el
segundo el fallo había sido que habían sacado los óvulos inmaduros o muy maduros. La
segunda vez me quería morir del dolor, noté algo raro, y es que estaba teniendo una
hiperestimulación ovárica, que perfectamente te puedes ir al otro mundo. En la
tercera, íbamos mal encaminados, pero tuve la suerte de encontrarme con el que hoy
es mi ginecólogo que me dijo: ‘Pínchate esto la noche anterior’», cuenta, que
posteriormente se tuvo que someter a varias transferencias. En la primera, le
colocaron un embrión y no hubo suerte; en la segunda, le pusieron dos embriones, y
tampoco; así que decidió darse un descanso después de tantos años de batalla porque
estaba agotada física y mentalmente.
La vida le había dado una oportunidad en las redes sociales, se había hecho viral, no le
iba mal, y estuvo dos años disfrutando de la vida «como nunca». «Hacíamos el amor
sin mirar calendarios, sin test de ovulación, sin probar posturas, y sobre todo, sin
pensar si íbamos a ser padres o no», cuenta en su libro , que confiesa que las redes
sociales la sacaron de una depresión.
En el 2021 se vieron con fuerzas para retomar la lucha, y decidieron ir directamente
por lo privado, porque en ese momento sí se lo podían permitir. Sin embargo, su
ginecólogo le aconsejó que no perdiera la oportunidad de intentarlo con los dos
embriones que le quedaban en la Seguridad Social, y, aunque no eran sus planes
inicialmente, siguió el consejo. Comenzó un nuevo proceso en la pública, pero cuando
acudieron a la cita para iniciarlo, les dijeron que esos dos embriones no habían
sobrevivido. Ella tiene sus teorías de lo que pudo haber pasado, ya que coincidió en el
tiempo con unas obras que se llevaron a cabo en el hospital, pero nunca supo a ciencia
cierta qué pasó con ellos. Cuando regresó a la privada, se sometió a un nuevo
tratamiento para extraer óvulos, y le realizaron dos transferencias, de nuevo, sin éxito.
POR FIN UN DIAGNÓSTICO
En ese punto decidieron hacerle más pruebas, y durante un viaje a Maldivas recibió un
correo con el ansiado por-qué a su infertilidad que llevaba más de diez años
esperando. «Me dijeron que tenía endometritis crónica, que es una infección en las
paredes del útero. Cuando lo supe, saltaba de alegría, tenía un posible motivo por el
que no me quedaba embarazada». Tras un tratamiento de 21 días, ni rastro de la
enfermedad, así que, por fin, el horizonte empezaba a despejarse. En una nueva
transferencia le colocaron dos embriones, y después de 13 años por fin leyó el ansiado
«embarazada» en un test.
La alegría fue efímera, porque a la semana lo perdió. «Aunque yo sufrí mi duelo, me
había quedado embarazada. Sabía que tarde o temprano lo iba a conseguir». Ya no le
quedaban más embriones, así que tuvo que someterse al enésimo tratamiento, pero
esa sería la «transferencia». Se la hicieron pocos días antes de un viaje de ensueño a
Estados Unidos que tenía programado desde hace tiempo, y que mantuvo. Hoy, dice
que no lo haría. Estando en el hotel comenzó a manchar y se imaginó lo peor, sin
embargo fue a por un test para descartar y poder disfrutar del viaje, y salió un
«superpositivo». «Llamé al ginecólogo, me dijo que no me preocupara, la verdad es
que paró. De regreso a España, hicimos escala en Ibiza para acudir a un evento y
empecé a manchar de nuevo, fui al médico y me dijeron que estaba sufriendo una
amenaza de aborto por un hematoma, todo quedó en un susto, y ahí me enteré de
que venían dos». Sus mellizas nacieron en el 2023. Un sueño cumplido, que no
descarta repetir, porque ha iniciado un nuevo proceso.